|
La Ruta de Don Quijote - Declarada de interés cultural por el Consejo de Europa (2007)
Hace más de cuatro siglos, Miguel de Cervantes estaba dando al mundo una de las grandes joyas de la literatura mundial. Su protagonista, Don Quijote de la Mancha, sería un prototipo literario íntimamente ligado a la tierra por la que discurren sus desventuras.
Quintanar de la Orden es una de la poblaciones manchegas más mencionadas en la Obra de Miguel de Cervantes, en la que conoció a muchos de los personajes que pasaron a ser parte fundamental de sus argumentos y de sus novelas: “Don Quijote de La Mancha” o “Los trabajos de Persiles y Seguismunda”
El primer núcleo Medieval que inicia la nueva población se llamó "el Toledillo", repoblado por mozárabes toledanos. Después de la conquista cristiana Quintanar pasó a la Orden de Santiago y en 1318 Alfonso XI le dio la Carta de Privilegio. En 1344 Don Fadrique otorgó los Fueros y fundó en 1353 el Común de la Mancha, cuya capital era Quintanar.
La Orden de Santiago construyó murallas de tapial y tres iglesias sucesivas sobre el solar de la antigua mezquita además de hospitales ya desaparecidos. Hoy solo se conserva la capilla del hospital fundado por Pablo de Mota, La Ermitilla, actual Sala Municipal de Exposiciones.
Ya en el siglo XVI, Quintanar se convirtió en partido judicial de la comarca manchega. Después de la sublevación de los moriscos, los de Almería y Granada fueron dispersados a tierras manchegas, instalándose aquí principalmente en el barrio del Toledillo, cercano a la Ermita de S. Sebastián, uno de los barrios más castizos del pueblo.
Cuna y asentamiento de hidalgos, que ya existían en tiempos de Felipe II, Quintanar conserva varias casas blasonadas; la principal de ellas es la Casa de los Radas (1662), popularmente llamada Casa de Piedra cercana a la Ermita de la Piedad (XVI), Iglesia de Santiago Apóstol (S.XV) y Ayuntamiento.
De 1808 a 1812, en la Guerra de la Independencia, los franceses tomaron también Quintanar; durante la Primera Guerra Carlista, los habitantes resistieron el ataque de las tropas adelantadas de Cabrera por lo que la Villa recibió el título de Muy Leal Villa en 1836, otorgado por Isabel II.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el pueblo vivió un notable resurgir industrial, destacando los arrieros, que llevaron los productos manchegos a todos los rincones de España. Es importante nudo de comunicaciones desde que por aquí pasase el Camino Real de Carlos III.
Precisamente, muy próxima se encuentra La Puebla de Almoradiel. En una concordia entre las órdenes de San Juan y Santiago en el 1243, se cita ya Almoradiel; posteriormente, va surgiendo una aldea, cercana a esa alquería de Almoradiel que dependió de Corral de Almaguer, hasta que el maestre de Santiago don Alfonso Méndez, le da carta de población, otorgando a sus pobladores varias franquezas y el fuero de Uclés; fechada la carta en 1341 ó 1343, independizándose de aquélla y convirtiéndose a su vez en villa. En 1353 pasa a formar parte del común de la Mancha. En 1575 Puebla de Almoradiel pertenece a La Mancha de Monte Aragón, partido y gobernación de Quintanar de la Orden.
Campo de Criptana es una parada obligada. La imagen de Campo de Criptana nos recordará al Quijote. Sobre el otero que domina al pueblo aparece un magnífico conjunto de molinos de viento, una de las imágenes más famosas del territorio. Cerca de la zona de los molinos hay una serie de casas, de blanco y azul, que tienen indudable belleza plástica. En el lugar, aparte de cierta arquitectura religiosa, destaca el Pósito, del siglo XVI.
Saliendo hacia por la carretera a Pedro Muñoz, a unos dos kilómetros aparece el santuario de la virgen de Criptana, donde estuvo el castillo, y en cuyo entorno se han hallado restos provenientes hasta de la prehistoria. A su lado surge una carretera que va en dirección hacia el norte, que nos permitirá llegar a otro pueblo mítico: El Toboso.
El Toboso es un lugar de mucho encanto, no sólo por ser un lugar cuidado, sino –sobre todo- por ser la cuna de Aldonza Lorenzo, la “princesa Dulcinea del Toboso”. En la patria de Dulcinea el viajero verá la casa de Dulcinea, que para los lugareños es el lugar donde habitó la princesa de los sueños del loco caballero. Se trata de un noble edificio del siglo XVI, que alberga un museo de carácter etnográfico.
En las cercanías está el Convento de las Trinitarias, de sencilla y austera arquitectura herreriana. También está próximo el de las franciscanas, con aire recoleto. En la magnífica plaza un Don Quijote metálico se humilla en amores ante la princesa local. Está bien cuidada la plaza, con bellos edificio, entre ellos un museo cervantino, y con la poderosa iglesia parroquial de San Antonio Abad. Del siglo XVI, y de notable grandeza. El pueblo está cuidado, y agrada la blancura encalada de sus casas.
Siguiendo en dirección oeste, a unos doce kilómetros podemos llegar a Mota del Cuervo, donde nos encontraremos con otro buen conjunto de molinos, en un cerro dominante, a la manera de los de Consuegra o Campo de Criptana.
El punto final de esta etapa es Belmonte, un lugar que conserva huellas de un pasado ilustre, en el que se incluye su cualidad de villa natal de Fray Luis de León. Lugar íntimamente vinculado al marquesado de Villena, creció a la vera de poderosos castillo y la iglesia colegiata. El castillo, visitable, es del siglo XV, construido sobre otra fortaleza medieval anterior. Tiene aires góticos y mudéjares. La colegiata de san Bartolomé, es gótico-renacentista, un buen coro, retablo barroco e interesantes obras de arte y orfebrería.
EL QUIJOTE: LA BIBLIA DE LA GASTRONOMíA MANCHEGA
El Quijote además de ser la mejor novela del mundo es para muchos el mayor compendio de gastronomía manchega y castellana. Sus guisos han pasado no sólo a la historia de la literatura sino a la historia de los mejores fogones y todavía hoy se materializa en numerosos pueblos de Castilla-La Mancha.
"...Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda..." Es ésta la segunda frase del Quijote que, si bien, no es tan conocida como la primera, nos da una idea de la importancia que los fogones, el buen yantar y la gastronomía que en general tienen en la inmortal novela de Cervantes. Y es que no es raro el capítulo del Quijote en que no haya un breve pasaje referido a la cocina de la época, así tan famosos son los molinos de viento como las hambres por las que el bueno de Sancho había de pasar por ser fiel escudero de su señor”.
La cocina castellano-manchega, como La Mancha, está unida per se al Caballero de la Triste Figura. Estamos por tanto ante "el más sabio compendio de culinaria española que poseemos. Es el pensamiento y realidad de la cocina manchega, madre y escuela de la cocina de Castilla. Bien se ve en las maravillosas páginas de Cervantes la abundancia que habla en La Mancha. Los pastores arrieros tenían a su disposición tasajos de cabra, queso ovejuno, sazonadas frutas, aceitunas secas, huesos menudos de jamón, que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados, y la general e indispensable bota bien provista, elemento de contemplación del firmamento".
En ocasiones se presentaban las viandas exquisitas y laboriosamente preparadas, como eran los pavos rellenos de pajarillas, que parecían recetas sacadas del libro del Quijote, y la verdad es que así era, pues querían imitar todo. Afortunadamente todavía hoy en día se pueden disfrutar de estas exquisiteces en numerosos fogones de nuestra comunidad autónoma, y también fuera de nuestras fronteras. La influencia de la cocina denominada "cervantina" abarca toda La Mancha y territorios limítrofes y está en permanente actualidad.
Los montes y las llanuras que contemplaron las mil y una aventuras de Don Quijote son además escenarios de diferentes formas de entender el yantar, el beber y hasta el vivir, son paisajes, las más de las veces, más de hambruna que de hartura, y a través de ellos vamos desgranando la filosofía de la vida de sus habitantes. Por un lado tenemos La Mancha, interminable, donde reina una cocina austera, de pastores y arrieros. Algunas de sus señas de identidad: morteruelos, pistos, gachas, gazpachos de pastor, tiznaos, mojetes, ajos mataeros, matahambres, pestiños, arropes, mostillos... De las sierras, con sus mineros y sus pastores, nos llegan la caza y la pesca. Caldereta de cordero, patatas con conejo, ajoarriero, migas ruleras de pastor, ajopringue de la Sierra de Alcaraz, con tocino fresco e hígado de cerdo, perdices escabechadas.
El buen saber de las gentes de la tierra ha hecho que tampoco para la gastronomía existan fronteras y los guisos de La Mancha se combinen con los platos recios de las serranías, y lo más austero con la sensibilidad de los dulces árabes como los pestiños, el alajú conquense de frutas y miel o el insigne mazapán toledano.
De todo esto y mucho más dio buena cuenta en su obra nuestro Miguel de Cervantes, además de los vinos de la tierra, "aquellos caldos que llevaban a las tabernas madrileñas en cervantinos pellejos" como nos cuenta Lorenzo Díaz. Vinos de Yepes, Noblejas, Manzanares, Valdepeñas, Argamasilla, Tomelloso... y también Esquivias. Allí pasó muchos días con sus noches el autor del Quijote, sólo aquellas piedras sabrán de sus hambres y sus empachos, de su paladar recio y austero o dulce y exquisito... de su pluma, sin duda, el retrato de los mejores guisos de Castilla-La Mancha. Buen provecho.
(Ana Isabel Jiménez)
|